Publicado originalmente en el diario El Universal

Con Dudamel al frente, la Orquesta conmovió a más de 2.521 asistentes

CHICAGO. ENVIADO ESPECIAL.- Sofía Panigada viajó cuatro horas desde Bloomington hasta Chicago. Ella, con su esposo y sus dos hijas, formaba parte del aforo de 2.521 personas que la noche del viernes se conmovieron en el Symphony Hall de Chicago frente al concierto de la Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar. 

Si los asistentes habían esperado meses para disfrutar del concierto -las entradas se agotaron hace casi un año-, Panigada había esperado toda la vida por un momento así: ver a quien fuera su alumno a los nueve años, Gustavo Dudamel, dirigir y estremecer a una audiencia que aplaudió incluso en los silencios entre movimientos. 

Para la primera maestra de solfeo de Dudamel, la emoción no cabe en palabras: “Le dio sentido al esfuerzo que hice por estudiar, por hacer de la educación musical mi profesión. Poca gente tiene la suerte de decir que alguien tan talentoso pasó por sus clases”. 

Durante el último ensayo, dos horas antes del concierto, Dudamel dejó la batuta al joven director y violinista de la Orquesta Christian Vásquez, y desde el patio de butacas pedía mas vibrato en las cuerdas, aprobaba el balance y quería que los metales no forzaran el sonido. 

Los frutos quedaron a la vista de todos. Y es que la interpretación de este repertorio -siendo la primera parte el mismo que en Houston y Washington- fue distinta y también mas emotiva: una orquesta tan bien acoplada que podía darse el lujo de continuar aún cuando Dudamel quedara inmóvil, como lo mostró en el tercer movimiento de la SINFONÍA NO.4 de Tchaikovsky, cuando apenas dirigía con su mirada. 

Y es que aunque se repita el repertorio, (el ballet DAPHNIS Y CHLOE de Maurice Ravel y SANTA CRUZ DE PACAIRIGUA de Evencio Castellanos) siempre es distinto. “Ensayo cada vez como si fuera la primera vez”, dijo Dudamel en Washington. “A medida que pasa la gira esa conexión con los músicos va creciendo: saben lo que quiere decir cada gesto. Cada vez nos respetamos más”. Eso explica que pueda corregir imperfecciones al instante con apenas un gesto. 

Panigada recuerda que Dudamel siendo dos años menor que el resto de la clase tenía probablemente el doble de interés de aprender. Y así como Gustavo Dudamel aún recuerda clases de su maestra, ella no olvida los expresivos ojos de su alumno: muy abiertos, atentos a cada explicación. Los mismos ahora son capaces de dirigir aún sin ayuda de todo su cuerpo. 

Valió la pena viajar cuatro horas para escuchar el concierto, pero también para oír la ovación de 10 minutos interrumpida para interpretar los bises: el MAMBO de Leonard Bernstein y MALAMBO del argentino Alberto Ginastera. 

No son usuales las pasiones que despiertan el joven director y sus músicos, pero tampoco es obra del azar que la radio transmita sus conciertos o que un estante entero de la tienda de la Sinfónica de Chicago esté llena de los discos que ha dirigido Dudamel. 

Si cada día estos jóvenes se superan a sí mismos, y este es apenas el segundo de los doce conciertos de la gira, es difícil imaginar lo que sucederá a partir de la semana próxima en Londres.

Maria Gabriela Méndez
EL UNIVERSAL