Publicado originalmente en elperiodico.com de Barcelona el 25 de abril de 2009
CÉSAR LÓPEZ ROSELL
BARCELONA

Exaltación de la música desde el sentimiento. Proyección del espíritu del sistema creado por José Antonio Abreu en Venezuela. Intérpretes que desarrollan con energía juvenil toda la creatividad forjada desde un trabajo de base, del que la Orquesta Simón Bolívar es la punta del iceberg. La formación, magistralmente dirigida por el carismático Gustavo Dudamel surgido de la misma cantera, exhibió el jueves en el Auditori todo un despliegue de garra, talento y fuerza sonora.
Una fiesta, un delirio, una clamorosa celebración compartida por el público más entusiasmado que hemos visto en los últimos años. Y también una reflexión sobre cómo renovar los conciertos de la clásica para atraer nuevos adeptos, ya que Dudamel y los suyos dieron una lección de cómo comunicar la música.
El director fue recibido casi como una estrella del pop. Banderas venezolanas y la presencia de jóvenes espectadores, que no dudaban en romper el ritual de la clásica aplaudiendo durante las pausas de los movimientos, crearon una atmósfera diferente. Pero el silencio emocionante con el que se siguió el repertorio no deja lugar a dudas sobre el impacto que provocó la interpretación de las obras ofrecidas.
La primera parte tuvo color latino. Piezas cortas, pero de gran intensidad. Sensemayá (Canto para matar una culebra) del mexicano Silvestre Revueltas, inspirada en el poema de Nicolás Guillén sobre los ritos de los negros en Cuba, nos trasladó como en un bolero raveliano a los ritmos de los rituales afroamericanos. 
Siguió la paisajística Mediodía en el llano, suite de Antonio Estévez con la soledad de fondo, ySanta Cruz de Pacaraigua, de Evencio Castellanos
–ambos venezolanos–, un poema sinfónico repleto de resonancias folclóricas que consiguió poner de pie al público, antes de llegar a la Cuarta de Chaikovski. Esta sinfonía sobre los imperativos del destino que acaba, como el concierto, con una fiesta popular fue interpretada con gran fuerza y delicada sutileza en el pizzicato.
Música popular con dos bises de locura. Especialmente el dedicado al mambo, con los músicos bailando sobre el escenario y jugando con los instrumentos. Delirio total en una platea que casi se viene abajo.