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Éxtasis musical
Abr 29
Posteado por Osvaldo Burgos en Crónica
Por: Kapui Riestra, 28/04/09

Los músicos disfrutaron tanto como el público de esta particular forma de conducción y se reían en silencio e intercambiaban miradas con sus compañeros, este tipo de cosas son los que hacen a esta Orquesta indiscutiblemente especial - Foto: Osvaldo Burgos
Ver a la Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar, en una ciudad tan mágica como Barcelona, dirigidos por el maestro Gustavo Dudamel fue sin duda una experiencia extraordinaria e inolvidable…
Al entrar a L´Auditori mi corazón comenzó a latir diferente producto de las grandes expectativas y de una maravillosa mezcla de emociones. Desde mi asiento, en la segunda fila, me estremecí cuando las luces de la sala comenzaron a atenuarse para dejar iluminado el escenario, cubierto de sillas, atriles y partituras… De ambos lados del escenario, instrumento o baquetas en mano, fueron entrando los integrantes de la orquesta con una luminosa sonrisa en sus rostros, bañados por los aplausos de una audiencia ansiosa de música con calor, sabor y color venezolano.
Luego de afinar el silencio se apoderó de la sala hasta que la ovación del público indicó la entrada del Maestro Dudamel, siempre sonriente y con una frescura especial.
La música impregnó todos los rincones de la sala con la interpretación de la pieza mexicana Sensemayá de Silvestre Revueltas, luego nos acariciaron el alma con su magistral ejecución de Mediodía en el Llano de Estévez, literalmente me quedé sin aliento y Dudamel tiene absoluta conciencia del efecto de esta pieza, de hecho al final mantuvo la batuta suspendida en el aire durante varios segundos para prolongar el suspiro colectivo. La primera parte del concierto finalizó con un recorrido por Venezuela con los diferentes matices que componen la pieza Santa Cruz de Pacairigua de Evencio Castellanos, la piel erizada, lágrimas en los ojos y una audiencia desbordada en aplausos y “bravos”.
Durante el intermedio pensaba “son lo máximo” y todas mis expectativas estaban más que satisfechas, me sentía conmovida, orgullosa… pero definitivamente lo que había visto y sentido hasta ese momento fue sólo un abreboca, un preludio…
La segunda parte del concierto fue una experiencia indescriptible, esos muchachos no sólo hacen música, ellos hacen magia, son propagadores de energía vital, moldeadores de emociones… Con la Sinfonía Nº 4 de Tchaikovski me hicieron volar, fue algo extrasensorial. Una conducción magistral de Dudamel, una ejecución celestial de los músicos… lloré, me reí, por momentos sentía que no podía respirar, estaba sobrecogida, desbordada por la emoción…
Ver a Dudamel al frente de una orquesta es sin duda un placer, la manera en que la música y su cuerpo se funden es alucinante. Él es música, sus movimientos, sus gestos… no hacen falta partituras, porque la música está dentro de él, forma parte de él… Dudamel no sólo prescindió de las partituras, sino que durante los pizzicatos del tercer movimiento también dejó descansar a su batuta, ya que las expresiones de su rostro y los movimientos de sus cejas fueron suficientes para dirigir a las cuerdas, con un toque de simpatía y complicidad únicos. Los músicos disfrutaron tanto como el público de esta particular forma de conducción y se reían en silencio e intercambiaban miradas con sus compañeros, este tipo de cosas son los que hacen a esta Orquesta indiscutiblemente especial.
Confieso que desde siempre he sentido profunda debilidad por los instrumentos de cuerda, quizás por ello gran parte de mi atención se centró en ellos… Contrabajos, violonchelos, violas, violines… fue alucinante la intensidad, la vehemencia y la pasión con la que los arcos acariciaban las cuerdas, además en perfecta sincronía. Mi más profundo respeto y admiración para sus ejecutantes… Entre todos ellos admito que Alejandro Carreño me cautivó, es un verdadero deleite verlo tocar el violín, su postura, la armonía entre el ritmo de su respiración y el vaivén de su arco sobre las cuerdas del violín… hermoso… sublime.
Una vez finalizado el estremecedor cuarto movimiento de la Sinfonía de Tchaikovski el público estalló en una ovación abrumadora, de pie, aplausos, gritos, silbidos por casi 10 minutos… aplaudí tanto que me dolían las manos, me dejé la garganta gritando “Bravo” y aún así tenía la sensación de que eso no era suficiente para retribuir el maravilloso regalo de vida que acababa de recibir… De verdad INFINITAS GRACIAS!!!!!
Se acercaba uno de los momentos más esperados de la noche… el famoso Mambo de Bernstein, los músicos no utilizaron las habituales chaquetas con el tricolor venezolano, pero eso no minimizó la descarga de adrenalina que invadió el auditorio cuando sonó el primer acorde de los metales… La orquesta y la audiencia gritamos “Mambo” a coro, los músicos en el escenario y el público desde nuestros asientos bailamos, reímos a carcajadas y disfrutamos el momento… hasta una viola salió volando hacia el público en medio de la euforia. El broche final de la noche fue la interpretación del Malambo de Ginastera, en la que también hubo baile y fiesta, se respiraba alegría, energía, ganas de vivir y ser felices…
Yo salí con ganas de llorar, reír y gritar a la vez… en estado de éxtasis y con una profunda sensación de gratitud.
Estos muchachos son sin duda una muestra de excelencia, de superación, de cohesión, de talento, de perseverancia, de voluntad… son una señal de esperanza… En medio de tanta oscuridad y tanto ruido, son un rayito de luz y armonía para la humanidad… espero que nunca nada ni nadie pueda apropiarse de su música, ni opacar su brillo.
GRACIAS MUCHACHOS! Sigan tocando y luchando!!!!
