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Ver, escuchar, sentir, pensar
Ene 26
J. Á. VELA DEL CAMPO 26/01/2008
Reseña de la presentación en Oviedo del 24/01/08
Originalmente publicado en el diario El País
Los conciertos se escuchan, los conciertos se ven. El primer impacto que provoca la Sinfónica de la Juventud Venezolana es visual. Tan jóvenes, tan desenfadados. Con una explosión de color desde la piel. Con una ilusión que se percibe en cada gesto, en cada mirada. Pelos rizados, tacones de aguja. Y todos en trajes negros impecables. Las plantillas orquestales son numerosas: hasta una docena de contrabajos en Chaikovski, y el resto de las secciones guardando a partir de ahí las proporciones.
Gustavo Dudamel -27 años hoy: felicidades- los electriza. Tiene técnica depurada, un estilo cada vez más cercano a Rattle, una manera de marcar la melodía que le aproxima a Abbado, una actitud extrovertida a lo Barenboim. Son sus maestros. Él pone la energía de su edad, un instinto salvaje e intuitivo, una capacidad de organización fabulosa, una insolencia que enternece. Sonó un móvil antes de que la orquesta empezase a sonar. Sonó otro en los primeros compases. Dudamel paró la ejecución y el público le aplaudió. Antes de reanudarla sonó un tercer teléfono. Sin comentarios.
Un Beethoven poderoso, compacto y aguerrido se impuso desde el primer movimiento. En el alegreto las cotas de poesía volaron alto. Para el alegro con brío final se reservaron los venezolanos el frenesí. Fue un movimiento diabólico, un tsunami. Eso sí, perfectamente controlado desde la batuta. Dejaron al auditorio sin respiración y a los móviles enmudecidos. Si Beethoven fue de impacto, Chaikovski fue apabullante. No es extraño que la Quinta sea una de las sinfonías con las que van a comparecer este verano en el Festival de Salzburgo. Les va este tipo de música excesiva, desgarrada, hiperromántica, desesperada. Dudamel se mueve en ella desde la solemnidad hasta el despojamiento, desde el apasionamiento a la confidencialidad. Inmensa interpretación.
Los conciertos se sienten, los conciertos se piensan. Dudamel y sus músicos excitan la sensibilidad del espectador con su despliegue de fuerza y luz, que diría Luigi Nono. E invitan a la reflexión desde la emoción que despiertan. Ante este delirio de entrega, la música muestra su cara más universal, más social, más dialogadora. Establecer un juego de comparaciones es inútil. Dudamel no se parece a Mravinski o Gergiev, pongamos por caso, en la manera de enfrentarse a Chaikovski. Su lectura es otra. Irresistible y con una demostración de confianza en la humanidad y sus posibilidades. Tocaron un mambo de propina y el público enloqueció. Es una lástima que nadie de la Casa Real asistiese al concierto. En Venezuela no se hablaría de otra cosa durante una larga temporada.
“La música salva vidas en mi país”
Ene 25
JESÚS RUIZ MANTILLA 25/01/2008
Originalmente publicado en el diario El País
Llega a España una de las grandes promesas de la música clásica. Mañana cumple 27 años. Le descubrieron en un programa de educación para niños en Venezuela. Su excepcional energía emociona a Abbado, Barenboim o Rattle.
Desde que era un mocoso dirigía a las grandes orquestas. En su casa. A su aire. No es que el pequeño Gustavo Dudamel indicara con la batuta -”con el palito, que lo llamaba yo”, dice- la música que salía de los discos que le ponía su padre como si fuera un juego. Es que paraba el tocadiscos, daba indicaciones a la orquesta y después volvía a apretar la tecla del play confiado en que le iban a hacer caso.
Quizá entonces no, pero ahora sí que se lo hacen. Este venezolano, que mañana cumple 27 años, está educado en el revolucionario sistema de orquestas de su país creado por el maestro José Antonio Abreu en 1974 y que hoy forma musicalmente a unos 300.000 niños. Lo mismo dirige -invitado por Simon Rattle, por Daniel Barenboim o por Claudio Abbado- a la Filarmónica de Berlín, a la Sinfónica de Chicago o a la Mahler Chamber… Y, a partir de 2009, se estrenará como titular de la Sinfónica de Los Ángeles.
Los grandes han visto en él a una especie de Mesías que viene a salvar la música clásica con un impulso desconocido, una energía caribeña tan alegre y tan contagiosa que pone la carne de gallina. Podrán comprobarlo quienes le vean estos días en su gira española -en Oviedo ayer, hoy en Valladolid, mañana en Zaragoza y el domingo en Madrid- junto a sus músicos del alma, los que forman la Joven Orquesta Simón Bolívar de Venezuela, que él lidera desde hace nueve años.
Pregunta. En el programa combinan la Séptima de Beethoven y la Quinta de Chaikovski con La consagración de la primavera de Stravinski. ¿En qué se relacionan?
Respuesta. Metemos una de las dos sinfonías y a Stravinski. Es un programa que nos reta en cada concierto. La Séptima de Beethoven, como dijo Wagner, es la apoteosis de la danza, tiene una alegría, un disfrute. Luego, Chaikovski, para mí, es el más grande compositor de ballets que ha existido, y la obra de Stravinski es puro ritmo, es música que sale directamente del fondo de la tierra, volcánica, prehistórica, que se te pega dentro.
P. Ritmo, energía. ¿Es lo que aportan ustedes desde Venezuela a un mundo, el de la música clásica, demasiado anquilosado?
R. Nosotros venimos a demostrar que las utopías se cumplen. Lo nuestro parecía imposible, nadie esperaba que la música clásica fuese un arma de cambio social, pero lo que ha hecho el maestro Abreu con las orquestas, sacando a niños de la marginación por medio de la música, demuestra que es posible. Y a un muy alto nivel. La música salva hoy la vida de muchos jóvenes en mi país. No importa que no se acaben dedicando a ello, aunque muchos lo hacen. Formándose así, se han convertido en el público de mañana también.
P. Usted es el símbolo de todo ese sistema. ¿Le pesa tanto éxito a una edad tan joven? ¿No es demasiada responsabilidad?
R. No, al contrario. Es una responsabilidad hermosísima, algo muy importante. Me llena de mucho orgullo, pero hay que recalcar que no es cuestión de uno, sino de muchos. Yo soy una libélula en ese universo del sistema de orquestas.
P. ¿Cuál es la clave del sistema?
R. Disfrutar la música, sentirla como una energía colectiva, como una forma de aprendizaje social.
P. ¿Todo lo contrario a lo que se hace en Europa, que se forman solistas, individualidades y no grupos?
R. Ése es el secreto. Me da la impresión de que los sistemas europeos buscan el futuro para unos pocos, individualmente. En Venezuela a todo el mundo se le da una oportunidad y los chicos se adentran en el trabajo en grupo, en las orquestas, muy temprano.
P. Usted quería tocar el trombón, pero aprendió violín. Lo de dirigir, ¿cómo vino?
R. Mi padre toca el trombón, pero yo tenía los brazos muy cortos para sujetar el que había en casa. No teníamos otro para principiantes, así que cogí el violín. Mejor, porque si sabes violín, controlas el 70% de lo que debe saber un director de orquesta.
P. Pero a usted esas figuras del podio ya le fascinaban de niño.
R. Sí, me parecía mágico verles. Me preguntaba: ¿Cuál es su instrumento? Yo tomaba el palito y no sonaba nada. Hasta que al descubrir el sonido que te da una orquesta comprendí la magia.
P. A un gran director la música debe sonarle también por dentro.
R. Sabe que eso me pasa. Converso con alguien y estoy escuchando música en mi cabeza. Los directores tenemos que aportar la sensibilidad propia, de cada uno, la que no da la estructura de la obra.
P. ¿Su teoría del río?
R. Efectivamente. La estructura es un cauce. Nosotros debemos aportar a la interpretación el agua, que siempre va a ser diferente, que siempre cambia.
P. También como algo que construye seres humanos, algo que aporta valores. ¿Qué les enseña el sistema en ese sentido?
R. Nos enseña a tener esperanza, a soñar en lo que se puede conseguir. Nos enseña humildad y ayudar al prójimo, enamorarnos de la música y de quienes nos rodean.
P. Algo trascendente. ¿Es usted muy creyente?
R. Sí, lo soy. Muy devoto de nuestra señora de la Divina Pastora de Barquisimeto.
P. Por allí uno puede ver milagros, como el coro Manos Blancas, en el que niños sordomudos interpretan música. ¿Eso es querer romper las fronteras?
R. Vienen con nosotros de gira algunos de esos niños. Cuando también ves a un niño ciego, de ocho años, muy pobre, tocar el piano y le preguntas quién le ha enseñado y te dice que nadie, que lo aprendió solo, intuyes algo divino, algo que se siente muy adentro. Hay que abrir el camino al mensaje de lo imposible.
P. ¿Y a no temer emociones fuertes?
R. No, a que podamos llorar de alegría. Los niños no deberían llorar porque pasan hambre, porque han visto la muerte, el asesinato, la violencia; los niños deberían llorar de felicidad y no de otras cosas.
P. Parece que no le gusta que le pregunten por Chávez. Pero no hay más remedio.
R. No, no. No me importa.
P. ¿Por qué les incomoda que les pregunten por su presidente?
R. A mí no me incomoda. Lo que pasa es que no hablo de política. Sí le puedo decir que Chávez ha apoyado el sistema de orquestas y que ahora hay un programa para hacer pasar de 300.000 a un millón el número de niños que se inserten en el sistema. Ése es el mejor homenaje que se le podía hacer al maestro Abreu. Yo soy músico y no político. Soy militante de mi país y de un partido que se llama Venezuela.
Concierto en Zaragoza
Ene 23
Gustavo Dudamel dirige la Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar
Sala:
Auditorio de Zaragoza – Sala Mozart. España.
Programa:
Ludwig van Beethoven: Sinfonía Nº 7
Piotr Ilich Tchaikovsky: Sinfonía Nº 5
Fecha: 26/01/08
Concierto en Valladolid
Ene 23
Gustavo Dudamel dirige a la Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar
Sala:
Centro Cultural Miguel Delibes. Valladolid, España.
Programa:
Igor Stravinski: La Consagración de la Primavera
Piotr Ilich Tchaikovsky: Sinfonía Nº 5
Fecha: 25/01/2008
Concierto en Oviedo
Ene 22
Gustavo Dudamel dirige la Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar
Sala:
Palacio de Congresos Príncipe Felipe. Oviedo, España.
Programa:
Piotr Ilich Tchaikovsky: Sinfonía Nº 5
Ludwig van Beethoven: Sinfonía Nº 7
Fecha: 24/01/2008
Los sonidos de la solidaridad
Ene 19
JUAN ÁNGEL VELA DEL CAMPO 19/01/2008
Publicado originalmente en el diario El País
Gustavo Dudamel, de 26 años, dirige la Orquesta Sinfónica Juvenil Simón Bolívar de Venezuela, de gira por España
Lo habitual en el universo de la música clásica es que se forme cierto revuelo ante la visita de orquestas de gran solera como la Filarmónica de Berlín, la Filarmónica de Viena, la Sinfónica de Chicago o la del Concertgebouw de Ámsterdam, con maestros como Abbado, Barenboim, Muti, Thielemann, Rattle o Harnoncourt, pongamos por caso. Lo que entra en territorios cercanos a lo milagroso es que el revuelo lo cause una orquesta venezolana con un joven director de 26 años al frente, Gustavo Dudamel. La Orquesta Juvenil Simón Bolívar de Venezuela es la agrupación sinfónica de moda, la que tiene por bandera la utopía, la que sale del barro y la miseria, la que lucha contra la delincuencia y la droga desde la práctica musical, la que está conmocionando los auditorios más exigentes a base de unas interpretaciones pletóricas de pasión, de fuego, de vertiginosa ilusión, de incontenible fuerza. Ha arrasado en 2007 a su paso por los Proms de Londres o ha dejado boquiabiertos a los asistentes al festival de Lucerna, la cita emblemática europea del mundo sinfónico. Cuando graba un disco se meten con Beethoven o Mahler. Vamos, los caminos de la madurez, los que reclaman las cotas más altas de exigencia. De esos retos es precisamente el impulso juvenil lo que cautiva. No estamos ante versiones depuradas por la historia y la experiencia. Estamos ante un huracán de energía y espontaneidad, de fe y ganas de comerse el mundo. Es contagioso su entusiasmo salvaje.
El próximo jueves, día 24, comienza en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo una gira por la geografía española que les llevará en días sucesivos a Valladolid, Zaragoza y Madrid. En los atriles, Beethoven y Chaikovski. Con la batuta, Dudamel, que cumplirá 27 años en pleno recorrido. Hace poco más de un año estuvieron en Sevilla con Dudamel y Claudio Abbado. Deslumbraron. Las palmas por bulerías de reconocimiento sonaron en el teatro de la Maestranza como en las grandes ocasiones.
La Orquesta Juvenil Simón Bolívar ocupa el vértice de la pirámide del Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, una organización que agrupa en la actualidad a 275 orquestas juveniles y 122 orquestas infantiles, integrando en un proyecto de desarrollo social y artístico a 265.000 niños y jóvenes, en su mayoría de barrios desfavorecidos y hasta marginales. La situación actual no ha surgido de la nada y por ella lleva luchando como un coloso desde el 12 de febrero de 1975 José Antonio Abreu, un sabio, o un visionario, que ha creído en la viabilidad de las utopías -porque de utopía se trata la transformación de sectores juveniles afines a la violencia y la droga en un mundo de creación artística-, y en su triple condición de compositor, director de orquesta y economista ha movido los hilos con habilidad para hacer posible lo aparentemente imposible. Ha engatusado a los políticos para que apoyen su proyecto de integración social a través de la música. Ha enamorado a Claudio Abbado, Simon Rattle o a los músicos de la Filarmónica de Berlín para que compartan sus experiencias y conocimientos con los jóvenes aspirantes a músicos de Venezuela, en un proceso de generosidad y complicidad social que les honra. Y, en fin, ha conseguido con su tenacidad a prueba de bombas que la orquesta emblemática del Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles, la Simón Bolívar, se codee hoy con las más ilustres, y que sus actuaciones se esperen en las grandes ciudades europeas o americanas con la ilusión de los acontecimientos. Abreu es un santo, si esa palabra tiene hoy algún sentido. Pero es un santo de un espíritu práctico que roza lo diabólico. Empezó con una docena de músicos y vio con nitidez desde el comienzo que los apoyos económicos imprescindibles para la compra de instrumentos debían proceder de ministerios o departamentos con fines sociales, sea a través de la familia o de la salud, y en ningún caso a través de educación o cultura, siempre más frágiles a las coyunturas temporales y menos dados a la estabilidad. Ahora el Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles tiene unas asignaciones anuales para la compra de instrumentos de una cuantía similar al presupuesto de un teatro como el Real en nuestro país. Con ello han puesto en marcha una revolución.
Porque de una revolución se trata, mal que les pese a algunos por venir de donde viene. Decía Schopenhauer: “Cuando una nueva idea emerge es primero ridiculizada, después vigorosamente combatida y por último considerada como la evidencia misma”. Ahora el modelo se exporta, con variantes que tienen en cuenta cada realidad particular, a países como Chile, Colombia, México, Perú, Bolivia, Uruguay y Argentina. En Europa la adaptación es prácticamente imposible, salvo para situaciones como las derivadas de la emigración. Pero eso es otra historia.
El Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles ha comenzado a generar símbolos y exportar músicos. Edicson Ruiz ha fichado como contrabajista por la Filarmónica de Berlín, Humberto Armas desarrolla su actividad en la Real Filarmonía de Santiago de Compostela, el mismo Dudamel se ha comprometido como director titular de la Filarmónica de Los Ángeles, sucediendo en el cargo a Esa-Pekka Salonen. Pero la vinculación emocional no desaparece. “La Orquesta Juvenil Simón Bolívar y yo hemos crecido juntos”, manifestó a EL PAÍS Gustavo Dudamel hace un año. “Algunos de los que tocan conmigo ya estaban en 1994 en la Orquesta Nacional Infantil de Venezuela. Yo entonces tocaba el violín. Hasta que un día, en 1999, me nombraron director. En realidad yo quería tocar el trombón, como mi papá, pero tenía problemas en el brazo por el peso. Ensayé con la trompeta pero no me convencía, y al final, como veía a todos mis amigos con un violín, probé suerte y me encantó. Tenía entonces cuatro años”. Así de fácil. En 2007 debutó en La Scala de Milán nada menos que con Don Giovanni y dirigió a la Filarmónica de Viena en Lucerna con Daniel Barenboim de solista. Este verano le espera el Festival de Salzburgo, donde tendrá un coloquio público con Nikolaus Harnoncourt, y un par de conciertos con la Simón Bolívar con solistas de la categoría de Martha Argerich y los hermanos Capuçon. ¿Quién se atreve a poner freno a la irresistible ascensión de este simpático jovenzuelo? -
La Orquesta Sinfónica Juvenil Simón Bolívar de Venezuela, dirigida por Gustavo Dudamel, actuará en Oviedo (el día 24), Valladolid (25), Zaragoza (26) y Madrid (27). www.gustavodudamel.com.
Apoteosis
Ene 4
Publicación original en el diario ABC Sevilla
4-1-2007 03:03:22

CLÁSICA
Festival Sevilla entre Culturas
Sinfónica Simón Bolívar. Solista Natalia Gutman, cello. Director Claudio Abbado. Obras Schumann, Tchaikovski. Teatro de la Maestranza. 02-01-07
JOSÉ LUIS LÓPEZ LÓPEZ
Ya hemos hablado de la Sinfónica Simón Bolívar (integrada en la organización mundial de Juventudes Musicales). Decíamos que esta formación puede con todo. Como demostración patente, en esta ocasión se enfrentó con dos obras del repertorio más romántico: una concertante y otra puramente orquestal. Si el día anterior fue conducida por el genial y precoz Gustavo Dudamel, en este ocupaba el podio el más grande, para este comentarista, Director vivo de hoy. Es impresionante la dignidad con la que Claudio Abbado desafía a los años y a la enfermedad: su infinita maestría y sensibilidad y su prodigiosa fuerza interior, plena de sabiduría, fascinan a los jóvenes de la Simón Bolívar, con los que ya ha trabajado en no pocas ocasiones; y lo mismo a los oyentes. Con la sala del Teatro llena, la primera parte nos mostró una Orquesta de dimensiones «normales» (80 o 90 músicos), saludada con alborozo, que ascendió a emocionado homenaje cuando apareció Abbado. El «Concierto para cello y orquesta en la menor» (1850) de Schumann consta de tres partes («No demasiado rápido», «Lento», «Muy vivo») que se encadenan sin interrupción. Compuesto como una liberación en el camino del autor hacia la locura final, no encontró esta vez en la excepcional cellista rusa Natalia Gutman esa intérprete total que esperábamos, aunque su labor fue correcta y meritoria. Sin embargo, la propina (de la «Suite nº 1 para cello solo, BWV 1007» de Bach) fue un dechado de limpidez y precisión. Director y Orquesta acompañaron impecablemente a la solista, sin taparla y dándole realce en todo momento. Pero la «locura» estaba por llegar: segunda parte, «Sinfonía nº 4 en fa menor. op. 36» (1877-78) de Tchaikovski. El genio mágico de Abbado guiaba a una Sinfónica (ahora con 150 o 160 miembros) de calidad excepcional: empaste, riqueza tímbrica, versatilidad, disciplina… Secciones sobresalientes, una por una; solistas fuera de serie en cada sección; y, todo sumado, un conjunto compacto, equilibrado, maleable hasta el límite ante las indicaciones del Maestro. El inicio, «Andante sostenuto», mostrado por los esplendorosos metales, con pasión exultante, nos llevó a unas alturas que, tal vez, nunca hemos alcanzado hasta este día, y de las que ya no bajamos hasta el final. El «Andantino», expresión de la angustia melancólica, cristalino como el hielo, nos oprimió el corazón y nos conmovió el espíritu. El «pizzicato ostinato» del «Presto», de arabescos caprichosos cercanos a la embriaguez, dibujados con una matización portentosa, seguido por la «chansonnette» y la marcha militar de los metales, nos preparó para el glorioso «Allegro con fuoco» final. Delirio desatado, paroxístico, con aplausos sin fin (¿cuantas veces salió a saludar Abbado? ¿Seis, ocho? Perdimos la cuenta…). Y como regalo, de nuevo la Obertura de «Guillermo Tell». Un hito en la historia musical de Sevilla.
Un vendaval
Ene 2
J. Á. VELA DEL CAMPO 02/01/2007
Publicado originalmente en el diario El País
La Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar es una orquesta de moda. En primer lugar, por ser la imagen simbólica de un proyecto educativo, social y político que tiene detrás nada menos que 265.000 niños y jóvenes. Luego está la figura de su director, Gustavo Dudamel, un pipiolo de 25 años, elogiado por Mehta, Abbado, Barenboim y Rattle. La orquesta y su director han sido invitados a tres programas diferentes en el próximo Festival de Pascua de Lucerna y también en 2007 van al Carnegie Hall de Nueva York de la mano de la Filarmónica de Berlín.
En Sevilla, Dudamel y sus muchachos se presentaron con un programa ecléctico y hasta enloquecido por momentos. No obstante, antes de empezar a hacer diabluras, expusieron un Concierto para orquesta, de Bartok, y La valse, de Ravel, en unas lecturas enjundiosas, llenas de fuerza, con el toque exacto de misterio, contrastadas y con una formidable sensación de tocar en equipo. Hasta Falla, especialmente en la segunda suite de El sombrero de tres picos, sonó con una componente orgiástica que suponía una revelación. De repente se apagaron las luces, y lo que parecía un accidente fue una excusa para un cambio de atuendo, y los músicos dejaron sus chaquetas oscuras en el respaldo de sus asientos y aparecieron -director incluido- con una especie de chándal con cremallera en rojos, amarillos y azules, y a partir de ahí empezó la fiesta. Los músicos empezaron a bailar con sus instrumentos y a girar sobre sí mismos y a tocar de pie, y es como si se les hubiese metido el diablo en el cuerpo, imponiendo un ritmo frenético a los mambos del cubano Pérez Prado y el estadounidense Leonard Bernstein, y consiguiendo el Rossini más delirante que uno pueda imaginar. El público se contagió con este alboroto, y sonaron a todo tren las palmas por bulerías. La alegría de hacer música se impuso a otro tipo de consideraciones. Y la fuerza de la juventud. El propio director acabó mezclado entre los percusionistas, mientras uno de estos cogía la batuta y otro sacaba una cámara fotográfica para fijar el momento. Dudamel y su orquesta arrasaron en Sevilla.
Sevilla Entre Culturas 2006-2007
Dic 24
Claudio Abbado dirige la Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar en el Festival “Sevilla Entre Culturas 2006-2007″
Sala:
Teatro de la Maestranza, Sevilla
Programa:
Robert Schumann: Concierto para Violonchelo y Orquesta en La Menor
Piotr Ilyitch Tchaikovsky: Sinfonía Nº4 en Fa Menor
Fecha: 02/01/2007
Sevilla Entre Culturas 2006-2007
Dic 24
Gustavo Dudamel Dirige a la Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar en el Festival Sevilla Entre Culturas 2006-2007
Sala:
Teatro de la Maestranza, Sevilla
Programa:
Bela Bartok: Concierto para Orquesta
Manuel De Falla: Suite Nº 2 del Sombrero de tres picos y Danza de La vida breve
Alberto Ginastera: Malambo del Ballet La Estancia
Silvestre Revueltas: Sensemayá
Dámaso Pérez Prado: Mambo
Maurice Ravel: La Valse
Gioachino Rossini: Obertura Guillermo Tell
Fecha: 30/12/2006
